En primer lugar, hay que destacar que esta
planta es muy activa y venenosa, por lo que
su empleo debe estar siempre y en todo momento
controlado por un profesional facultativo,
y en ningún caso sobrepasar la dosis por él prescrita.
Se trata de una planta herbácea bienal; esto
es, el primer año crecen las raíces y las hojas,
y en el segundo año de vida es cuando desarrolla
un gran tallo, a menudo del tamaño de
una persona, que se caracteriza por ser hueco
y estriado, con unas manchas rojizas y oscuras
cerca de su base.
Las hojas son grandes, brillantes y están muy
divididas, y cuentan con un contorno triangular.
Las flores se disponen en umbela.
La floración es en mayo, y la recolección del
fruto todavía no maduro se realiza desde junio
hasta agosto, conservándose en lugar seco y
en frascos de vidrio.
Aparte de los alcaloides ya mencionados,
también posee goma, pectina, resina, sales,
carotenos...
Pero debido a su alta toxicidad -hay que recordar
que solo seis gramos de hojas pueden
producir la muerte- nunca se debe emplear si
no es bajo prescripción médica, y en ningún
caso, sobrepasar la dosificación recomendada
por éste.
Su empleo se ve reducido a casos particulares
de ciertos carcinomas terminales.
Los alcaloides que posee la cicuta son arrastrables
en vapor de agua; esto quiere decir
que si se efectúa una infusión con parte de la
planta, perderá una parte importante de su
actividad, por lo que no se emplea este tipo de
preparados en este caso.